miércoles, 5 de agosto de 2015

Une fête sur  les hauteurs  (Una fiesta  por todo lo alto).
Capítulo del libro L´inespérée (Lo inesperado).

Ella te dice: la casa está en lo alto, perdida en el bosque. Sígueme. Conduce con cuidado porque el camino es malo. Va delante, sola en su coche. Tú vas detrás, en otro coche. La carretera es una carretera del Midi francés; la hora entrada la noche. El cielo está oscuro y azul. Una ceniza azulada con estrellas chisporrotea, atizada por un viento increíble, violento, un viento loco, furioso.  Abandonas la carretera y tomas un camino con pendiente, un camino mísero que tutea a las estrellas. La casa, por fin,  maciza, rodeada por  el ulular del viento loco.

Entras buscando frescura y amistad. La frescura de las piedras viejas, de las escaleras de madera, de las piezas huecas y redondas  como un vientre, como una fábula. Amistad es la palabra, la palabra de esta joven, que te  concede asilo esta noche. Te habla de ella, esto es, de los que ama. Estamos hechos de eso, estamos hechos de los que amamos, nada más. Por  atrincherada que sea nuestra vida, perdida en las alturas,  azotada  por el viento, nunca es tan cercana como cuando tenemos un puñado de rostros amados, como cuando les dirigimos un pensamiento, con este aliento de ellos  hacia nosotros, y de nosotros a ellos.
La casa de esta noche es sencilla,  tosca en apariencia, una casa azotada por el viento, alzada para la comodidad del viento que silba a través de las piedras, canta por las ventanas, merodea como un gato por los pasillos. La joven dama adivina mis pensamientos. Te dice: esta casa es bella, de verdad. Encontró su verdadera  belleza una tarde de verano  como esta, hace mucho tiempo, en la habitación de al lado. La muerte estaba ahí, en esta habitación, y en el centro de la muerte, mi madre anciana, fatigada. Un esfuerzo final y por fin alcanzó el descanso. Este descanso del que no sabemos más, que el miedo que nos da. Este descanso de  manos llenas y de un corazón abierto como una nuez en los dientes de un animal.
Era mi madre la que estaba ahí, durmiendo bajo la vida, pero ya no era mi madre; no sabría cómo explicarlo. Mi madre era el fondo de mi corazón, pero el fondo cedía y mi corazón caía, sin nada que lo retuviera. Creía vagamente en Dios, en esa época. Creía como se cree en la primavera ante el dulzor de las lilas, la delicadeza de una luz. Pero sabes: creemos en Dios cuando todo va bien, pero cuando va mal ya no creemos en nada, tenemos miedo, estamos enfermos de miedo. Buscamos la salida, comprendes, buscamos un tema, cualquiera. No hace falta contarse cuentos, ¿verdad?: nadie cree verdaderamente en Dios. Hasta Cristo tenía el rostro empapado de sudor ante la cercanía de la muerte. Ves, conozco el Evangelio: “Padre, aparta  de mí este cáliz”. Vete a los hospitales, escucha los gritos de guerra: no llaman a Dios, los soldados en hileras en los campos de batalla. No buscan a Dios, sino a su madre. Y delante de mi corazón  en fila, no podía llamar a mi madre, no hubiera servido de nada. Imagínate: un cuerpo inmóvil  y a su alrededor, ondas cada vez más grandes, y menos silenciosas, la luz de una mañana de verano, las palabras ahogadas  de los adultos (éramos  muchos ese día  padres y amigos de vacaciones) y las risas de los niños, corriendo por la casa como por un bosque, escondiéndose y encontrándose, riéndose  al esconderse en los armarios, y chillando cuando se les encuentra. Les dejamos hacer. No queremos que los niños estén tristes, además  quién puede querer esto.
Les dijimos, sencillamente: la habitación está abierta, no está prohibido entrar. La abuela acaba de fallecer. Estará aquí dos días, después la enterraremos. Podéis entrar a saludarla. Si no queréis, no pasa nada. Sabemos, los adultos, más que vosotros, pero ante lo que acaba de suceder somos ignorantes, como vosotros. Los niños nos escuchan atentamente. Al principio no entraron en la habitación. Los adultos tenemos miedo de la muerte, casi tanto como de la vida. Y al principio los niños también tenían miedo, de esta seriedad  que teníamos.  Andaban por la casa más despacio, más tranquilos.

Al mediodía salieron como todos los días y al volver sucedió esto: un retorno salpicado de risas, de persecuciones. Siete, ocho niños, el mayor de diez años, la pequeña de cuatro, los brazos cargados de flores de los campos, sobre todo acianos, se precipitan a la habitación, abren los postigos, la pequeña salta a la cama de la muerta, los otros pasan las flores y las colocan en desorden, y se quedan ahí durante mucho tiempo, unos con traje en la cama, otros tumbados en la alfombra; se quedan media hora, o quizás una hora, hablando de los juegos de ayer, de los del mañana; luego abandonan la habitación cantando, acariciando con cuidado  el rostro petrificado y así durante dos días: miles de pasos entre los prados, el viento y la cama, miles de caminos entre las flores, el sol y el rostro hundido en la blanca  almohada. Entraban en la habitación hasta por la noche, ahogando las risas para no despertarnos.  Nos limitábamos a no  intervenir. Estábamos intimidados, sí, intimidados por la nobleza de estos niños. Por esta nobleza elemental de sus conductas. Perdonadme por hablar así; de un modo  tan grave. Esta manera de quedarme cerca de Dios, del Dios despeinado de los juegos de verano, hasta entrado el anochecer. Les hemos permitido entrar en nuestra pena, como van los estorninos al cielo del verano, como la vida dentro de la vida.

Ha durado dos días. Dos días y dos noches. Una fiesta. Una fiesta como no había visto yo nunca. Una fiesta que no manchaba las lágrimas, que no impedía el dolor, una fiesta de verdad. Al segundo día, sucedió que, la más pequeña se nos acercó. Hacía mucho tiempo que los niños se habían levantado  de la mesa. Disfrutábamos de esa paz de después de comer. De ese placer de hablar de cosas serias, pobremente serias, frívolamente serias- la política, el trabajo, cosas de ese tipo- y llegó la pequeña jadeando, radiante: venid, la abuela está sonriendo. La seguimos y vimos: el rostro había cambiado en dos días.  El rostro se había relajado, no tenía  casi arrugas y, alrededor de los labios, como una leve sonrisa. No: borro el “como”- una verdadera sonrisa, a penas visible. Siempre es así, lo invisible, sumamente sutil, lo más frágil de lo visible, apenas perceptible, a la altura de los niños, nunca a la de los adultos, nunca.

La enterramos y una semana después se acabaron las vacaciones. Esta historia tiene cinco años- Hace cinco años que esta casa encontró su verdadera belleza, su verdadero lugar en el viento, bajo las estrellas. Desde hace cinco años el viento se encuentra aquí como en su casa. Cazado por todos y furioso porque le cacen, viene  aquí a buscar la paz y el reposo, su casa. Después de ése día en el que una tribu de niños presidió los funerales de una anciana dama, igual que sabían reconducir hacia el cielo a un gorrión, muerto en la carretera, con esta gracia que les es natural, que no les viene de su medio, ni de nada conocido en el mundo, que les viene ¿de dónde? me pregunto todavía pasados cinco años. fiesta por todo lo alto...de Christian Bobin-

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