Capítulo del libro L´inespérée (Lo inesperado).
Ella te dice: la casa está en lo alto, perdida en el bosque.
Sígueme. Conduce con cuidado porque el camino es malo. Va delante, sola en su
coche. Tú vas detrás, en otro coche. La carretera es una carretera del Midi
francés; la hora entrada la noche. El cielo está oscuro y azul. Una ceniza azulada
con estrellas chisporrotea, atizada por un viento increíble, violento, un
viento loco, furioso. Abandonas la
carretera y tomas un camino con pendiente, un camino mísero que tutea a las
estrellas. La casa, por fin, maciza, rodeada
por el ulular del viento loco.
Entras buscando frescura y amistad. La frescura de las
piedras viejas, de las escaleras de madera, de las piezas huecas y
redondas como un vientre, como una
fábula. Amistad es la palabra, la palabra de esta joven, que te concede asilo esta noche. Te habla de ella,
esto es, de los que ama. Estamos hechos de eso, estamos hechos de los que
amamos, nada más. Por atrincherada que
sea nuestra vida, perdida en las alturas,
azotada por el viento, nunca es
tan cercana como cuando tenemos un puñado de rostros amados, como cuando les
dirigimos un pensamiento, con este aliento de ellos hacia nosotros, y de nosotros a ellos.
La casa de esta noche es sencilla, tosca en apariencia, una casa azotada por el
viento, alzada para la comodidad del viento que silba a través de las piedras,
canta por las ventanas, merodea como un gato por los pasillos. La joven dama adivina
mis pensamientos. Te dice: esta casa es bella, de verdad. Encontró su
verdadera belleza una tarde de
verano como esta, hace mucho tiempo, en
la habitación de al lado. La muerte estaba ahí, en esta habitación, y en el
centro de la muerte, mi madre anciana, fatigada. Un esfuerzo final y por fin
alcanzó el descanso. Este descanso del que no sabemos más, que el miedo que nos
da. Este descanso de manos llenas y de
un corazón abierto como una nuez en los dientes de un animal.
Era mi madre la que estaba ahí, durmiendo bajo la vida, pero
ya no era mi madre; no sabría cómo explicarlo. Mi madre era el fondo de mi
corazón, pero el fondo cedía y mi corazón caía, sin nada que lo retuviera.
Creía vagamente en Dios, en esa época. Creía como se cree en la primavera ante
el dulzor de las lilas, la delicadeza de una luz. Pero sabes: creemos en Dios
cuando todo va bien, pero cuando va mal ya no creemos en nada, tenemos miedo,
estamos enfermos de miedo. Buscamos la salida, comprendes, buscamos un tema,
cualquiera. No hace falta contarse cuentos, ¿verdad?: nadie cree verdaderamente
en Dios. Hasta Cristo tenía el rostro empapado de sudor ante la cercanía de la
muerte. Ves, conozco el Evangelio: “Padre, aparta de mí este cáliz”. Vete a los hospitales,
escucha los gritos de guerra: no llaman a Dios, los soldados en hileras en los campos
de batalla. No buscan a Dios, sino a su madre. Y delante de mi corazón en fila, no podía llamar a mi madre, no
hubiera servido de nada. Imagínate: un cuerpo inmóvil y a su alrededor, ondas cada vez más grandes,
y menos silenciosas, la luz de una mañana de verano, las palabras ahogadas de los adultos (éramos muchos ese día padres y amigos de vacaciones) y las risas de
los niños, corriendo por la casa como por un bosque, escondiéndose y encontrándose,
riéndose al esconderse en los armarios,
y chillando cuando se les encuentra. Les dejamos hacer. No queremos que los
niños estén tristes, además quién puede
querer esto.
Les dijimos, sencillamente: la habitación está abierta, no está prohibido
entrar. La abuela acaba de fallecer. Estará aquí dos días, después la
enterraremos. Podéis entrar a saludarla. Si no queréis, no pasa nada. Sabemos,
los adultos, más que vosotros, pero ante lo que acaba de suceder somos
ignorantes, como vosotros. Los niños nos escuchan atentamente. Al principio no
entraron en la habitación. Los adultos tenemos miedo de la muerte, casi tanto
como de la vida. Y al principio los niños también tenían miedo, de esta
seriedad que teníamos. Andaban por la casa más despacio, más
tranquilos.
Al mediodía salieron como todos los días y al volver sucedió
esto: un retorno salpicado de risas, de persecuciones. Siete, ocho niños, el
mayor de diez años, la pequeña de cuatro, los brazos cargados de flores de los
campos, sobre todo acianos, se precipitan a la habitación, abren los postigos,
la pequeña salta a la cama de la muerta, los otros pasan las flores y las
colocan en desorden, y se quedan ahí durante mucho tiempo, unos con traje en la
cama, otros tumbados en la alfombra; se quedan media hora, o quizás una hora,
hablando de los juegos de ayer, de los del mañana; luego abandonan la
habitación cantando, acariciando con cuidado
el rostro petrificado y así durante dos días: miles de pasos entre los
prados, el viento y la cama, miles de caminos entre las flores, el sol y el
rostro hundido en la blanca almohada.
Entraban en la habitación hasta por la noche, ahogando las risas para no
despertarnos. Nos limitábamos a no intervenir. Estábamos intimidados, sí,
intimidados por la nobleza de estos niños. Por esta nobleza elemental de sus
conductas. Perdonadme por hablar así; de un modo tan grave. Esta manera de quedarme cerca de
Dios, del Dios despeinado de los juegos de verano, hasta entrado el anochecer.
Les hemos permitido entrar en nuestra pena, como van los estorninos al cielo
del verano, como la vida dentro de la vida.
Ha durado dos días. Dos días y dos noches. Una fiesta. Una
fiesta como no había visto yo nunca. Una fiesta que no manchaba las lágrimas,
que no impedía el dolor, una fiesta de verdad. Al segundo día, sucedió que, la
más pequeña se nos acercó. Hacía mucho tiempo que los niños se habían
levantado de la mesa. Disfrutábamos de
esa paz de después de comer. De ese placer de hablar de cosas serias,
pobremente serias, frívolamente serias- la política, el trabajo, cosas de ese
tipo- y llegó la pequeña jadeando, radiante: venid, la abuela está sonriendo.
La seguimos y vimos: el rostro había cambiado en dos días. El rostro se había relajado, no tenía casi arrugas y, alrededor de los labios, como
una leve sonrisa. No: borro el “como”- una verdadera sonrisa, a penas visible.
Siempre es así, lo invisible, sumamente sutil, lo más frágil de lo visible,
apenas perceptible, a la altura de los niños, nunca a la de los adultos, nunca.
La enterramos y una semana después se acabaron las vacaciones. Esta historia tiene cinco años- Hace cinco años que esta casa encontró su verdadera belleza, su verdadero lugar en el viento, bajo las estrellas. Desde hace cinco años el viento se encuentra aquí como en su casa. Cazado por todos y furioso porque le cacen, viene aquí a buscar la paz y el reposo, su casa. Después de ése día en el que una tribu de niños presidió los funerales de una anciana dama, igual que sabían reconducir hacia el cielo a un gorrión, muerto en la carretera, con esta gracia que les es natural, que no les viene de su medio, ni de nada conocido en el mundo, que les viene ¿de dónde? me pregunto todavía pasados cinco años. fiesta por todo lo alto...de Christian Bobin-
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