sábado, 27 de febrero de 2016


Tardes con ancianos: compartiendo, cuidando, escuchando....

Todas las tardes de cinco a ocho un grupo de voluntarias nos encargamos de un conjunto de mayores en mi parroquia. Se creó al ver las necesidades de acompañamiento y de escucha, para combatir la soledad.

La media de edad es bastante alta y en su mayoría son mujeres 
aunque hay algún que otro matrimonio.

Lo que más les gusta es jugar a las cartas: el julepe, el cinquillo, la brisca. Les preparamos las mesas con sus tapetes y sus barajas. Luego organizamos la merienda: café con leche, magdalenas, galletas... Teniendo cuidado de que la leche sea descremada y los dulces sin azúcar.

Casi siempre entorno a la comida surgen las conversaciones más interesantes. Te cuentan sus vidas, sus infancias difíciles en una España de muchas carencias, donde se pasó mucha hambre y se trabajaban largas horas. Aprendemos mucho de la vida en los pueblos, del campo y sus estaciones: plantar, fumigar, segar, regar cosechar, vendimiar.... En muchos rostros las horas aire libre, el sol y el frío han dejado sus surcos.

Las pérdidas de sus familiares y las más difíciles y dolorosas, aquellas de los hijos que partieron antes de tiempo. Escuchar con atención, que se sientan acogidos; tocar, unir las manos y a veces acariciar.

Cuando llega la Navidad les preparamos una fiesta: hacemos canapés, tortillas, sandwiches, los dulces y la sidra para brindar.

Nos ponemos todas guapas. La ocasión lo merece. Buscamos música española y por supuesto villancicos. Para algunas ésta es la única fiesta que van a tener. Están emocionadas, sobre todo las que han tenido pérdidas recientes. Pero con la música, la escucha y el calor que reciben, vuelven a sus infancias. Te hablan de sus familias, cómo celebraban las fiestas, sus travesuras y sus primeros amores. Pocos años de colegio puesto que había que ayudar en casa. Empiezan llorando y acabamos todos riendo porque sus infancias, a pesar de las dificultades, las recuerdan felices y con mucho cariño.

Alguna con la memoria un poco perdida, ha vuelto a su Valladolid natal, a la tienda familiar de retales, y te enseña sus ropas y luego que te pide que la acompañes al baño porque se quiere colocar bien la enagua que le sobresale del vestido. Y tú la coges del brazo con todo el cariño y la llevas donde te ha pedido, y la pones toda guapa y ella ríe y ríe porque le has proporcionado una tarde feliz  y en su viaje al pasado se han encontrado con más alegrías que penas.


Se van con sus regalos, contentas y agradecidas porque saben que hay un lugar para ellas donde se sienten queridas, valoradas y apreciadas. Un lugar donde reposar.